El ciervo cautivo en un corral de Fígols, en el término municipal de Tremp (Pallars Jussà)
Agentes de la Patrulla del Servicio de Protección de la Naturaleza
(Seprona) de la Guardia Civil han denunciado a una vecina de Fígols, en
el término municipal de Tremp (Pallars Jussà), por tener de forma
irregular un ciervo en un corral de su propiedad.
Los agentes del Seprona se personaron en el paraje denominado La
Pleta del Batlle y observaron la presencia de un ciervo macho en
cautividad, una especie de fauna salvaje autóctona protegida. Por este
motivo procedieron a denunciar a la propietaria de la instalación por
infracción de la normativa de protección de los animales, que prohíbe,
entre otras acciones, la captura y la tenencia tanto de los ejemplares
adultos como de sus crías.
Además, en este caso, el ciervo no se encontraba en buenas
condiciones desde el punto de vista del bienestar animal, ya que llevaba
cuerdas enredadas y un bidón de plástico clavado en los cuernos.
La caza del corzo presenta particularidades
inherentes a la naturaleza muy específica de su biología. La verdad es
que los ciclos vitales del corzo van en cierto sentido con el paso
cambiado con respecto a los demás ungulados, y en concreto a los demás
cérvidos.
Adaptaciones que tuvieron lugar en la época en la que este
género hizo su aparición en el mundo animal, han quedado impresas en su
conducta a través de su evolución milenaria. El género Capreolus surgió
en unos tiempos —Pleistoceno— en que este planeta sufría los rigores de
tremendas glaciaciones que cubrían nuestro continente con una capa de
hielo de varios cientos de metros de espesor.
Por ello, no tenían más remedio que migrar hacia el sur a medida que
los hielos se hacían dueños de la superficie terrestre, esperando al
siguiente período interglaciar que suavizara algo el clima. En esos
tiempos ni siquiera el sur estaba libre de estas crudezas
climatológicas, por lo que tuvieron que adaptarse a esta situación para
sobrevivir. Es fácil entender que la época de los partos ha de coincidir
con la de mayor abundancia en recursos, ya que las hembras han de poder
obtener un mínimo de los mismos para poder llevar a cabo el proceso de
la crianza, con lo que a nadie le sorprende que los corcinos vengan al
mundo en mayo, como de hecho se observa en una época parecida a otros
cérvidos.
Sin embargo, y teniendo en cuenta que por su peso y constitución,
así como desarrollo cerebral, su gestación real no es más que de unos
cinco meses, sorprende que sus apareamientos sucedan diez meses antes, a
finales de julio y principios de agosto. El caso es que el corzo es un
animal que ha optado evolutivamente por ser un estratega de la r, es
decir, que posee una estrategia reproductiva que se basa en tener gran
cantidad relativa de crías para asegurar la pervivencia de la especie.
Esto se consigue en un mamífero pudiendo acceder las hembras a
ovulaciones múltiples, pero éstas requieren para poderse llevar a cabo,
que el individuo hembra esté en muy buena disposición física, y como es
fácil comprender si tenemos en cuenta que la gestación real es de cinco
meses, las cubriciones tendrían que producirse a finales de diciembre o
principios de enero, momento en que los corzos están en los mínimos
anuales de condición física. Esta circunstancia ha sido imitada por los
ganaderos con una técnica llamada flushing, que consiste en
sobrealimentar a las hembras en períodos justamente anteriores a la
ovulación, para forzar unos mejores índices en número de óvulos / hembra
reproductora.
En primavera los recursos han de aprovecharse para sacar adelante la
prole, por lo que lo más lógico será esperar a la recuperación de su
estado físico, justo antes de la entrada en uno de los períodos
limitantes en nuestras latitudes: el verano. Sin embargo, no escapará a
la consideración de nadie que si el período de gestación es de cinco
meses, con este momento de las cubriciones los corcinos vendrían al
mundo en lo peor del invierno, por lo que todos estarían abocados a una
muerte segura. Por ello la naturaleza dispone de una herramienta
evolutiva que es la diapausa embrionaria, con lo que la especie puede
aprovechar el mejor momento para que las hembras sean fecundadas y el
mejor también para la crianza de los retoños, sincronizándolos con
ciclos naturales como los de la temperatura, la pluviosidad y la
disponibilidad de alimentos, para incrementar así sus oportunidades de
supervivencia. Pero esto a su vez impone como condición que las hembras
sean monoestricas.
Esto quiere decir que las hembras van a tener tan sólo un celo al
año. Como es natural si solo hay un celo, y da la casualidad que ese
único celo en esta especie es muy corto, se presenta otro problema. ¿Qué
ocurre si cuando la hembra está receptiva no encuentra al macho que la
cubra? Pues que se quedaría vacía hasta un nuevo año. Como hemos visto
la estrategia reproductiva de la especie es traer al mundo proles
numerosas, por lo que podemos intuir que es muy importante para la misma
asegurar una alta tasa de reclutamiento, es decir, la especie no se
puede permitir dejar hembras vacías durante un año.
Para ello las adaptaciones evolutivas han incorporado otra conducta
que en un cérvido no es muy usual; la territorialidad de los machos. Con
esta conducta las hembras saben con todo detalle donde se encuentra
cada macho en el momento en que va a ser necesitado en la cubrición,
porque ellas conocen desde el principio de la época territorial los
feudos en los que cada macho es señor.
Pero esto implica que el macho tenga a su disposición un arma
disuasoria —la cuerna— en el momento adecuado en que precisa defender
sus posesiones. De ahí que la cuerna de los corzos lleve un ciclo
totalmente opuesto en el calendario al resto de los cérvidos. Una serie
de conductas adaptativas encadenadas han dado lugar a este fenómeno tan
único, que al fin y a la postre define las temporadas de caza de este
animal.
Por ello, los primeros compases de la temporada se habrán de
distinguir porque se utilizarán para eliminar los individuos jóvenes que
han sido expulsados del territorio familiar y deambulan sin rumbo fijo,
siendo el origen de la mayoría de los accidentes de tráfico por
irrupción del animal en la calzada. En segundo lugar, estos ejemplares
jóvenes son los que configuran la base de la pirámide poblacional y hay
que ajustar su cantidad según nuestro modelo de gestión. Conforme avanza
la temporada se va haciendo más difícil verlos, porque van buscando
acomodo donde pueden y llegan a aparentar ser individuos territoriales
si no les observa detenidamente, cuando tan sólo están aprovechando
zonas periféricas de los territorios de otros ejemplares adultos, que en
ese momento ya no defienden con tanto ahínco como al comienzo de la
temporada.
Este es también el momento adecuado para efectuar el aprovechamiento
de los grandes animales que comienzan su declive existencial. Esos
animales viejos que ya han cumplido su función y que se puede estimar
que lo mejor es que cedan su espacio a un animal con naturaleza pujante.
Más adelante en el tiempo podremos incidir en los ejemplares que
ocupan la posición intermedia en la pirámide de edades, para que cuando
llegue el celo, y si las normas de nuestra región lo permiten, tratar de
aprovechar esos ejemplares que siempre hay en los cotos, que estando
acantonados en parajes de muy difícil acceso o con un lance de dudosa
ejecutoria por sus abultadas trabas, sólo nos brindan una remota
posibilidad en este tiempo.
Tras el verano y en cuanto llegan las primeras lluvias vuelven a
hacerse visibles los corzos, y los ejemplares que hemos comentado antes
que por su dilatada experiencia y resabios, o por su bien escogida
ubicación, tenemos una gran dificultad en nuestra acción de caza, una
vez relajado el comportamiento territorial se dejan ver de cuando en
cuando en compañía de otros y ésta es la circunstancia que debemos
aprovechar para hacernos con ellos.
Hasta ahora hemos visto tan sólo la caza de los machos, que suele
ser la más dilatada en toda la normativa habitual, pero queda la de las
hembras, actividad que tiene una gran importancia, es tan deportiva,
entretenida y dificultosa como la de los machos, y también produce unas
canales de carne de excelente calidad, si no mejor, aparte de la función
reguladora de las poblaciones, por lo que podemos ver que se suele
conceder una muy inferior atención a la que se merece.
Las corzas deberían cazarse a partir de mediados de diciembre hasta
finales de febrero. La verdad es que encontrar el mejor momento es algo
complicado, porque cuando no están preñadas están criando, por lo que la
única manera de efectuarlo es buscando el momento en que las crías del
año ya se valen por sí mismas en caso de abatir la madre, y el
desarrollo de su gestación es mínimo, con lo que el daño que hacemos es
también inapreciable.